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| valoración: 3,8 de 5 |
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| de Mario Díaz López |
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| tít. original: |
La vida secreta de las palabras |
| año: |
2005 |
| duración: |
120 min. |
| país: |
España |
| director: |
Isabel Coixet |
| guión: |
Isabel Coixet |
| fotografía: |
Jean Claude Larrieu |
| música: |
Varios |
| reparto |
Sarah Polley, Tim Robbins, Javier Cámara, Leonor Watling, Sverre Anker Ousdal, Steven MacKintosh, Eddie Marsan, Christine Inge. |
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'La vida secreta de las palabras' es una de esas películas bonitas que de vez en cuando a todos nos encanta ir a ver, para llorar a moco tendido en esa suerte de intimidad compartida que es una sala de cine. Sin embargo, hemos de ser justos: no se trata de un drama al uso. Principalmente a causa de tres elementos perturbadores: lo que se nos va desvelando de los personajes, la relaciones que establecen entre ellos y el insólito entorno en el que se desenvuelven.
Isabel Coixet intenta, en esta cinta de intensidad creciente, trascender las miserias cotidianas e individuales que había abordado en sus tres anteriores trabajos, para elevarse a un drama universal que se personifica en la enfermera Hanna, el personaje que interpreta Sarah Polley.
Sin embargo, en el fondo -y en la superficie-, subyacen los mismos elementos en los que la directora ya había profundizado anteriormente: el amor, la soledad y la tenacidad del ser humano para salir adelante.
Hanna es una joven solitaria y aparentemente anodina que trabaja en una fábrica inglesa. Obligada a cogerse unos días de vacaciones, la casualidad le lleva a una plataforma petrolífera, donde consigue un empleo eventual para cuidar a un obrero convaleciente, interpretado por Tim Robbins. La redención que ambos andan buscando la encontrarán poco a poco juntos, gracias a la especial relación que se establece entre ellos. Sin duda, una de las mayores virtudes de esta película son los fantásticos diálogos que comparten los protagonistas, por no mencionar las excelentes interpretaciones de los actores.
Junto a ellos, aparecen algunos secundarios de lujo como Javier Cámara o Julie Christie que, aunque disponen de breves intervenciones, son esenciales para alimentar el recorrido emocional del film. Es el caso de Cámara, que interpreta a un simpático cocinero que también ayuda a Hanna a abrirse al mundo a través de los placeres gastronómicos. Los habitantes de la plataforma no dejan de ser un compendio de seres extraños y entrañables que fomentan el lirismo que desprende la película, pero que a veces también potencian cierta sensación de irrealidad.
Otro punto fuerte es la localización. La inhóspita plataforma petrolífera aparece como un personaje más, como entorno-metáfora del alma de los protagonistas: una inhóspita estructura que a duras penas se mantiente en pie, perdida en medio de la nada. Como ellos. Además, destaca la exquisita banda sonora, con Tom Waits o Antony and the Johnson a la cabeza, artistas rotundos con cierto toque de tensa fragilidad, que ayudan a fomentar esa mezcla paradójica de aridez y sensibilidad a flor de piel.
Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones, la preciosista factura del filme y las excelentes interpretaciones, siempre quedan las mismas suspicacias: esa pretendida artificialidad, ese aire melancólico de regusto cool, esa falta de frescura y ese reiterativo tira y afloja de la directora para no hundirse en el dramón de lágrima fácil restan a la película naturalidad, inmediatez, vida... le quitan verdad. No es que uno no se lo crea. Es que llega al corazón y lo acaricia, pero no le da la vuelta, lo remueve y lo destroza, tal y como pide la historia.
En fin, al menos tiene final feliz.
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